Zorro astuto, el zorro vivo, el zorro del que hay que cuidarnos, el zorro esto, el zorro aquello. Zorro es sin duda la palabra perfecta para que esos niños quechuahablantes conozcan la española zeta tal cual la usa el maestro desde su tierna infancia.
Pero los niños se mantienen mudos, lejanos, absortos en quién sabe qué. Al parecer ni el animalito ni el humano frente a ellos interesan.
-No, no hay forma. Ni tratando de interesarlos. Estos no me hacen caso, es como si fueran de otro planeta- se dice el maestro.
Al final del día, entre añorando su ciudad y resignado a sus chiquillos, decide acercarse al estudiante más hablador del salón:¿Por qué hoy no has dicho nada? No has querido dar ejemplos de oraciones, ni has leído las que yo escribí en la pizarra.
El niño lo mira con su mirada de miles de oraciones, de miles de ejemplos, de miles de zorro que el docente siente que no quiere compartir. - ¿Acaso no conoces al zorro? ¿Por qué no respondiste su nombre cuando les pregunté por un animal con nombre que empiece con z?-
El niño sigue callado, pero ahora lo mira como si no comprendiera su pregunta. Parece que el silencio no va a acabar nunca pero, de repente, nace un gesto como de incredulidad, como de recién darse cuenta de la ignorancia del maestro. Entonces, el niño decide compartir su secreto. Se acerca al oído de su profe el de la ciudad y le dice:- ¿Y si por decir su nombre, me escucha y viene?
(Anécdota escuchada a Grimaldo Rengifo. Lima, julio de 2017)
No hay comentarios:
Publicar un comentario