miércoles, 22 de febrero de 2017

Dormir es morir

"Dormir es morir" se leía en la puerta de la habitación compartida de unos muchachos estudiantes de aquella escuela considerada para estudiantes de "alto rendimiento". Descansar, tomarse un tiempo es morir, nos decían en un sticker que había sido pegado como única decoración de la puerta marrón que separaba su dormitorio del resto del enorme colegio. Yo no vi directamente la frase, ni la puerta, ni al alumno. De todo ello me enteré en una de mis largas conversaciones con mi amiga S, entonces trabajadora en esa institución.

Los alumnos y las alumnas del esta escuela -me decía ella lamentándose- se muestran ansiosos, se desesperan: las buenas calificaciones son su fin único, cualquier sacrificio era poco por ellas. S me hablaba impotente de desmayos, intentos de suicidio, depresión. Las estrategias de estudio, las propuestas de horarios equilibrados con horas de repaso, de relajo, de creación espontánea eran un estorbo, ahí lo único importante era aprobar a toda costa.

Para lograr sus objetivos, los y las estudiantes hipotecaban el sueño, las risas, un rato con los amigos, los deportes, los paseos; todo ello sin contar con lo que evidentemente se deja al estar en un internado, porque estas escuelas funcionan como internados: la familia, el lugar de origen,  lo conocido. Todo de lado para poder lograr una buena nota. Todo lo que eres hasta ese momento y todo lo que puedes ser está inmovil- sacrificado-, porque lo único que importa es la calificación, el número que nombra, el que te da posibilidad o no de "ser algo o alguien en la vida". Rebautizados por una nota, luchaban día a día para sentirse, en esta sociedad que los desprecia, por fin los mejores; para merecer el privilegio de una educación de calidad; para merecer oportunidades; para poder tener un mejor futuro, donde a caso encuentren algún momento de disfrute. Es decir, para tener todo lo que S y yo habíamos tenido sin tener que hipotecar nada.

De esto me hablaba S.  Y a ella le dolía la situación, lo difícil que era terminar con ese sistema- con nuestro sistema-en el que esos/as adolescentes (que venían desde lejos, que habían pasado tantas necesidades) no encontraban valor en sí mismos/as si una calificación no lo definía. Y, aunque entonces ni S ni yo lo dijésemos, lo que nos indignaba era  que estos muchachos y muchachas se creyesen, a fuerza de injusticias, que no merecían la calidad, las oportunidades y el futuro con distracciones si no obtenían una calificación, un número que así lo definiera. Por ello, ni dormían. 

La luz de las mañanas y la oscuridad de nuestras noches nos expresan bien clarito lo necesario del equilibrio. La vida son ratos de carcajadas, otros de silencio y también momentos de honda pena. Todo en un continuo. Una vida de sacrificios que requiera más sacrificios para un futuro incierto en el que ya no se reconocerá el placer a fuerza de despreciarlo(o desconocerlo porque nos lo niegan) en el presente, no es una vida justa para nadie. 

La inclusión educativa no es favor que se ha de pagar con sangre (ni sueño, ni risa). Tu vida es infinitamente más valiosa que una nota. Tal vez, un poco de buen rato te ayude a comprenderlo y entonces, solo entonces, conociendo el gusto de las cosas amarás más lo que haces. Tu valor infinito será claro con suficientes horas de sueño(de risa, de silencio, de alegría, de juego... de vida). La comprensión y la sabiduría nacen de la calma antes que de la angustia y del pesar.
Ojalá sacaras ese sticker inquisidor y te fueras a dormir.

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