jueves, 10 de agosto de 2017

La vida minutos antes de la escuela - Lo que no vemos en nuestros/as estudiantes


¡Sálvese quien pueda! de Luis María Pescetti

Estaba soñando 
con una playa 
en un paraíso 
rodeado de amigos. 
Pasa un avión 
y se le cae un martillo, 
me da en la cabeza 
y acaba con la fiesta 

Me siento confundido 
¿Cómo es posible 
un maldito martillo 
desde un avión?. 

Abro un ojo 
y se mete la luz 
como un pirata que grita: 
'' ¡ Al abordaje ! '' 
está el despertador 
a ful con su taladro, 
son las seis y media en la realidad 

Cierro los ojos 
para huir al paraíso 
regresar es imposible 
ya se evaporó. 
No quiero ni moverme, 
la cama esta muy rica 
son las seis y treinta y cinco 
en la realidad. 
Oigo un grito: 
'' Es hora de levantarse '' 
son las seis y cuarenta en la realidad. 
Asomo un pie 
debajo de la colcha, 
apoyo el otro 
en el piso congelado. 
Me pesa la cabeza, 
me pesa todo el cuerpo 
son las siete menos cuarto en la realidad 



Sentado en la cama 
me ponen la camisa, 
con los ojos cerrados 
me enchufan las medias 
me pongo el pantalón 
y caigo acostado 
son las siete menos diez en la realidad. 
Siento que me calzan 
los zapatos y me llevan 
hasta el baño, de repente 
me distraigo y me sorprende, 
una grúa que deja 
una taza que echa humo. 
Estoy parado en el comedor. 
Baja el cafe con leche 
por el tubo de mi garganta 
son las siete menos tres en la realidad. 



La mochila en mi espalda 
pesa una tonelada 
vuelvo a dormirme 
en el autobús que me lleva. 
Me arrojan en la puerta 
como una bolsa de harina. 
Ya son las siete y cuarto en la realidad. 
Entro al mismo patio 
donde hay grito y alboroto, 
pasa una hora, pasan dos 
sin que me entere. 
Recien a la tercera 
como que abro los ojos 
y empiezo, yo también, 
a correr como loco. 
[No es el paraíso 
es la selva de la escuela. 
Bienvenidos a las nueve 
y SÁLVESE QUIEN PUEDA

martes, 8 de agosto de 2017

Hace frío en Lima y ya es hora de ir al colegio


"Ahora hay que ir al colegio con frío en las manos. El desayuno es una bola caliente en el estómago, y una dureza de silla de comedor en las posaderas, y unas ganas solemnes de no ir al colegio en todo el cuerpo. Una palmera descuella sobre una casa con la fronda, flabeliforme, suavemente sombría, neta, rosa, fúlgida. Y ahora silbas tú en el tranvía, muchacho de ojos cerrados. Tú no comprendes cómo se puede ir al colegio tan de mañana y habiendo malecones con mar abajo. Pero, al pasar por la larga calle que es casi toda la ciudad, hueles zumar legumbres remotas en huertas aledañas. Tú piensas en el campo lleno y mojado, casi urbano si se mira atrás, pero que no tiene límites si se mira adelante, por entre los fresnos y alisos, a la sierra azulita. Apenas el límite de los cerros primeros, cejas de montaña... Y ahora vas tú por el campo en sordo rumor abejero de rieles frotados aprisa y en una gimnasia de aires deportivos aunque urbanos. Ahora el sol mastiva jalde una cumbre serrana y una huaca, una mambla amarilla como el mismo sol. Y tú no quieres que sea verano, sino invierno de vacaciones, chiquito y débil, sin colegio y sin calor."
Martín Adán. La casa de cartón 

lunes, 7 de agosto de 2017

Dos mundos y un aula. A propósito de la interculturalidad

Un  maestro se siente especialmente intercultural una mañana y decide tomar en cuenta las numerosas recomendaciones sobre contextualización de ejemplos en clase que le han aconsejado hacer en los talleres obligatorios a los que asiste. Así que, ya que hoy le toca la Z, decide sorprender a sus niños creando oraciones sobre el zorro, el mamífero más conocido de esa zona de nuestros andes.
Zorro astuto, el zorro vivo, el zorro del que hay que cuidarnos, el zorro esto, el zorro aquello. Zorro es sin duda la palabra perfecta para que esos niños quechuahablantes conozcan la española zeta tal cual la usa el maestro desde su tierna infancia.
Pero los niños se mantienen mudos, lejanos, absortos en quién sabe qué. Al parecer ni el animalito ni el humano frente a ellos interesan.
-No, no hay forma. Ni tratando de interesarlos.  Estos no me hacen caso, es como si fueran de otro planeta- se dice el maestro.
Al final del día, entre añorando su ciudad y resignado a sus chiquillos, decide acercarse al estudiante más hablador del salón:¿Por qué hoy no has dicho nada? No has querido dar ejemplos de oraciones, ni has leído las que yo escribí en la pizarra.
El niño lo mira con su mirada de miles de oraciones, de miles de ejemplos, de miles de zorro que el docente siente que no quiere compartir. - ¿Acaso no conoces al zorro? ¿Por qué no respondiste su nombre cuando les pregunté por un animal con nombre que empiece con z?-
El niño sigue callado, pero ahora lo mira como si no comprendiera su pregunta. Parece que el silencio no va a acabar nunca pero, de repente, nace un gesto como de incredulidad, como de recién darse cuenta de la ignorancia del maestro. Entonces, el niño decide compartir su secreto. Se acerca al oído de su profe el de la ciudad y le dice:
- ¿Y si por decir su nombre, me escucha y viene?

(Anécdota escuchada a Grimaldo Rengifo. Lima, julio de 2017)